10 jul 2011

Mi pelo y yo.



Me estoy dejando el pelo largo. Se ve que es un evento revolucionario que está causando sensación en esta nuestra sociedad española. Nadie deja pasar por alto este hecho sin precedentes (sólo una cacerola allá por la más tierna infancia) que va camino de ser noticia del mes.
Queridos compañeros y amigos, amigas, novias, exnovias, conocidos y desconocidas, dejad de tocarme el pelo.
Sé de vuestra preocupación por la posible disminución de mi sex-appeal, pero quien algo quiere, algo le cuesta. Este camino que recorro en busca de un pelo Pantene es el medio para conseguir lo que pretendo, "la inmunidad absoluta en el arte del ligoteo", en otras palabras, conseguir echar un polvo.

En este estado intermedio de "semipelolargo" en el cual tengo un casco por cabeza no contribuye positivamente que estéis constantemente tocandome los huevos, quiero decir, el pelo. Vuestras putrefactas manos, que previo tocamiento de mi pelo han estado en cualquier inhóspito lugar, veáse en los cojones, ayudan a ensuciar mi pelo. La suciedad implica el encrespamiento y enmarañamiento de los mismos, provocando una imagen visual de mi cabeza en todo su conjunto no todo lo agraciada que debiera.

Entiendo que mi pelo sea el eje de vuestras vidas y vuestra existencia, pero tenéis que dejarlo pasar. Sé vivir con el peso de la fama, pero por educación os suplico que toqueis cualquier zona de mi cuerpo con las manos limpias, y sólo para hacer caricias, que para tocar los huevos siempre hay tiempo.

Llegará el día en que mi pelo adquiera su forma menos entrópica , no cumpliendo así con el segundo principio de la termodinámica,(entrópica y termodinámica no son palabras incluidas en la jerga peluqueril). Cuando llegue el momento, las portadas de prensa rosa abrirán el debate "¿Pelo largo o corto"?. Juzguen ustedes mismos". Hasta entonces déjenme ser Calimero.

4 jun 2011

La mujer brava, por Héctor Abad

Estas nuevas mujeres, si uno logra amarrar y poner bajo control al burro machista que llevamos dentro, son las mejores parejas.
A los hombres machistas, que somos como el 96 por ciento de la población masculina, nos molestan las mujeres de carácter áspero, duro, decidido. Tenemos palabras denigrantes para designarlas: arpías, brujas, viejas, traumadas, solteronas, amargadas, marimachas, etc. En realidad, les tenemos miedo y no vemos la hora de hacerles pagar muy caro su desafío al poder masculino que hasta hace poco habíamos detentado sin cuestionamientos. A esos machistas incorregibles que somos, machistas ancestrales por cultura y por herencia, nos molestan instintivamente esas fieras que en vez de someterse a nuestra voluntad, atacan y se defienden.
La hembra con la que soñamos, un sueño moldeado por siglos de prepotencia y por genes de bestias (todavía infrahumanos), consiste en una pareja joven y mansa, dulce y sumisa, siempre con una sonrisa de condescendencia en la boca. Una mujer bonita que no discuta, que sea simpática y diga frases amables, que jamás reclame, que abra la boca solamente para ser correcta, elogiar nuestros actos y celebrarnos bobadas. Que use las manos para la caricia, para tener la casa impecable, hacer buenos platos, servir bien los tragos y acomodar las flores en floreros. Este ideal, que las revistas de moda nos confirman, puede identificarse con una especie de modelito de las que salen por televisión, al final de los noticieros, siempre a un milímetro de quedar en bola, con curvas increíbles (te mandan besos y abrazos, aunque no te conozcan), siempre a tu entera disposición, en apariencia como si nos dijeran “no más usted me avisa y yo le abro las piernas”, siempre como dispuestas a un vertiginoso desahogo de líquidos seminales, entre gritos ridículos del hombre (no de ellas, que requieren más tiempo y se quedan a medias).
A los machistas jóvenes y viejos nos ponen en jaque estas nuevas mujeres, las mujeres de verdad, las que no se someten y protestan y por eso seguimos soñando, más bien, con jovencitas perfectas que lo den fácil y no pongan problema. Porque estas mujeres nuevas exigen, piden, dan, se meten, regañan, contradicen, hablan y sólo se desnudan si les da la gana. Estas mujeres nuevas no se dejan dar órdenes, ni podemos dejarlas plantadas, o tiradas, o arrinconadas, en silencio y de ser posible en roles subordinados y en puestos subalternos. Las mujeres nuevas estudian más, saben más, tienen más disciplina, más iniciativa y quizá por eso mismo les queda más difícil conseguir pareja, pues todos los machistas les tememos.
Pero estas nuevas mujeres, si uno logra amarrar y poner bajo control al burro machista que llevamos dentro, son las mejores parejas. Ni siquiera tenemos que mantenerlas, pues ellas no lo permitirían porque saben que ese fue siempre el origen de nuestro dominio. Ellas ya no se dejan mantener, que es otra manera de comprarlas, porque saben que ahí -y en la fuerza bruta- ha radicado el poder de nosotros los machos durante milenios. Si las llegamos a conocer, si logramos soportar que nos corrijan, que nos refuten las ideas, nos señalen los errores que no queremos ver y nos desinflen la vanidad a punta de alfileres, nos daremos cuenta de que esa nueva paridad es agradable, porque vuelve posible una relación entre iguales, en la que nadie manda ni es mandado. Como trabajan tanto como nosotros (o más) entonces ellas también se declaran hartas por la noche y de mal humor, y lo más grave, sin ganas de cocinar. Al principio nos dará rabia, ya no las veremos tan buenas y abnegadas como nuestras santas madres, pero son mejores, precisamente porque son menos santas (las santas santifican) y tienen todo el derecho de no serlo.
Envejecen, como nosotros, y ya no tienen piel ni senos de veinteañeras (mirémonos el pecho también nosotros y los pies, las mejillas, los poquísimos pelos), las hormonas les dan ciclos de euforia y mal genio, pero son sabias para vivir y para amar y si alguna vez en la vida se necesita un consejo sensato (se necesita siempre, a diario), o una estrategia útil en el trabajo, o una maniobra acertada para ser más felices, ellas te lo darán, no las peladitas de piel y tetas perfectas, aunque estas sean la delicia con la que soñamos, un sueño que cuando se realiza ya ni sabemos qué hacer con todo eso.
Los varones machistas, somos animalitos todavía y es inútil pedir que dejemos de mirar a las muchachitas perfectas.. Los ojos se nos van tras ellas, tras las curvas, porque llevamos por dentro un programa tozudo que hacia allá nos impulsa, como autómatas. Pero si logramos usar también esa herencia reciente, el córtex cerebral, si somos más sensatos y racionales, si nos volvemos más humanos y menos primitivos, nos daremos cuenta de que esas mujeres nuevas, esas mujeres bravas que exigen, trabajan, producen, joden y protestan, son las más desafiantes y por eso mismo las más estimulantes, las más entretenidas, las únicas con quienes se puede establecer una relación duradera, porque está basada en algo más que en abracitos y besos, o en coitos precipitados seguidos de tristeza. Esas mujeres nos dan ideas, amistad, pasiones y curiosidad por lo que vale la pena, sed de vida larga y de conocimiento.
¡Vamos hombres, por esas mujeres bravas!

30 may 2011

"La rebelión de las masas" por Víctor y León

Obsérvenme les diría si me tuviesen frente a ustedes. En primera instancia nadie se atrevería a clasificarme como el clásico “perroflauta”. No llevo rastas, tampoco prendas sueltas ni tengo especial predilección por la figura de Bob Marley.

“Perroflauta” es el término despectivo más utilizado para referirse a un hippie. Vocablo en principio fomentado al uso por los medios más inflexibles y continuado por la masa media.
Si el palabro “perroflauta” engloba el desencanto con el sistema político-financiero-social establecido, el liderazgo de la rebelión de las masas contra las injusticias sociales y por último, una inmensa conciencia social, les ruego me confundan con uno de ellos.

Esta revuelta social, comenzada en España, es rechazada por algunos por la acudida en masa de los “perroflautas” al movimiento. Abramos bien los ojos, observemos, juzguemos, no prejuzguemos. No todo el monte es orégano, y ojalá que a veces lo fuera.

Éste es un mensaje para los creyentes revolucionarios más pesimistas, “perroflautas” o no. Tal vez no se consigan los objetivos más inmediatos de esta revolución en lo que atañe al sistema financiero y político. Pero sin duda ha merecido la pena. Les explico el porqué.
Sólo con conseguir que una persona de nuestro entorno comience a ser crítico con la información que lee, ve o escucha, ya habremos vencido. Sólo con que un ser humano gane en conciencia social y sea más consecuente con su forma de pensar, ya habremos vencido. Sólo con levantarnos y soñar, que un mundo mejor es posible, adivínenlo, ya habremos vencido.

Somos muchos y no estamos solos, multipliquémonos.
Que los menos jóvenes, curtidos en las duras batallas que presenta la vida, lideren a los más jóvenes, inexpertos, pero con la energía suficiente para hacer posible esta revolución, para conseguir el tan ansiado cambio.

Me apoyo para incentivaros en el título del último escrito de Stéphane Hessel, quizás, por qué no, el padre filosófico de este movimiento: INDIGNAOS.